Cómo mantenernos cuerdos en un mundo que contiene tanto caos

En España, en cuestión de una semana, se sucedieron varios accidentes de tren en puntos diferentes del país. Al mismo tiempo, un temporal de borrascas provocó inundaciones, desprendimientos, desalojos… Todos los telediarios informaban de los sucesos y las redes sociales se llenaron de teléfonos de contacto, peticiones y ofrecimientos de ayudas, actualizaciones de las desapariciones, mensajes de duelo… Durante esos días, la sensación de rutina y de normalidad se vio resentida. Sobre todo porque ese tipo de situaciones no se quedan solo en simples noticias, sino suponen un recordatorio incómodo de algo que normalmente mantenemos fuera del campo de visión: que somos finitos, vulnerables, las cosas a veces están fuera de nuestro control y nos puede pasar algo en cualquier momento. En un contexto así, no es extraño que nos planteemos cómo mantenernos cuerdos en un mundo de tanto caos, así que vamos a explorar varios procesos psicológicos que ayudan a entender nuestras reacciones y pensar cómo sostenerlas sin desbordarnos.

Ilusión de vulnerabilidad

Desde la psicología sabemos que los seres humanos necesitamos de una sensación de invulnerabilidad para afrontar el día a día. No podemos funcionar si somos plenamente conscientes, todo el tiempo, de que algo podría fallar en cualquier momento. Veríamos alertas constantemente a nuestro alrededor y la ansiedad sería paralizante: enfermedades, accidentes, injusticias, muertes… Por eso, de alguna forma nos protegemos de esa verdad pensando que eso no nos vas a pasar a nosotros, que las cosas van a salirnos razonablemente bien y que llegaremos al final del día. Necesitamos esa sensación de seguridad y de estabilidad para poder funcionar y construir una rutina.

 

Sin embargo, hay situaciones que rompen esa burbuja de manera abrupta y nos impactan de lleno. De repente, las cosas cotidianas dejan de darse por hecho y algo tan habitual como coger el transporte público se carga de significado o nos llevan a plantearnos una pregunta: “¿Y si me hubiera pasado a mí?” En esos momentos es habitual que se activen síntomas de ansiedad, un estado de hipervigilancia, sensación de descontrol o pensamientos catastróficos. Y estas respuestas no son signos de ningún problema psicológico, sino reacciones normales al perder una creencia interna básica: que el mundo es razonablemente estable y previsible.

Trauma vicario

Desde la psicología de las emergencias sabemos además que en situaciones de crisis se da un fenómeno muy habitual: el trauma vicario. Sin haber estado presentes físicamente, ni haber experimentado las cosas en primera persona, nuestro sistema nervioso puede reaccionar como si la amenaza fuera real. Por ello, escuchar relatos, ver imágenes, imaginar escenarios posibles o identificarse con las víctimas puede ser suficiente para que se genere un impacto psicológico.  Especialmente cuando nos topamos con situaciones de crisis como un accidente o una catástrofe, porque son hechos inesperados que afectan a situaciones cotidianas con las que cualquiera puede identificarse.

Mundo hiperconectado

A todo esto, se suma un elemento característico de nuestra época: la hiperconectividad. No es necesariamente que ahora estén pasando más cosas que en otros momentos de la historia; es que ahora nos podemos enterar de todo con tan solo con un clic. Internet y las redes sociales suponen una puerta de acceso constantemente abierta a todas las noticias del mundo. Y por supuesto, esto amplifica el fenómeno: recibimos información, pero también imágenes crudas, testimonios, reconstrucciones, opiniones de todo el mundo y actualizaciones en tiempo real. Es como si las malas noticias pudieran ocupar fácilmente un espacio más grande y además el sufrimiento ajeno se volviera cercano, reconocible, incluso personal. Por supuesto, esto tiene un lado valioso (la solidaridad, la movilización, el apoyo mutuo…), pero también un coste psicológico importante: nuestro sistema nervioso no está preparado para procesar de manera continuada amenazas que no podemos controlar ni resolver porque nos paralizamos. En ese punto, cuando la exposición es excesiva, informarse deja de ser una herramienta y se convierte en una fuente de saturación.

Entonces… ¿Cómo mantenernos cuerdos?

Tener salud mental en un mundo que contiene tanto caos no significa hacer oídos sordos a lo que ocurre en el mundo, eliminar esa sensación de vulnerabilidad ni vivir como si nada pudiera pasarnos. Mantenernos cuerdos pasa más bien por integrar algunas ideas básicas que nos ayuden a sostener toda la incertidumbre sin que nos desborde:

 

  • Admitir que el control absoluto no existe, aunque resulte incómodo.
  • Aceptar que las cosas a veces salen mal, porque forma parte de la vida.
  • Diferenciar entre riesgos reales y posibles escenarios futuros catastróficos.
  • Regular el consumo de información (noticias, rrss, etc.) cuando empieza a saturarnos.
  • Poder hablar de lo que sentimos sin minimizarlo ni sobrerreaccionar.
  • Apoyarnos en otros, porque pensar y procesar en compañía suele ser más regulador que hacerlo en soledad.

Desde una perspectiva psicológica, el problema no suele ser darnos cuentas de que somos frágiles y que el mundo puede fallar, sino carecer de recursos internos y externos para sostener esa idea sin quedar atrapados en ella. En este sentido, los modelos basados en la aceptación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso, plantean que el sufrimiento no viene tanto de sentir miedo, de la incertidumbre o el dolor, sino de todo el esfuerzo que podemos hacer para intentar evitarlos o controlarlos. Pretender eliminar esas reacciones no solo es imposible, sino que suele aumentar la lucha interna y el malestar.

 

Las alternativas tampoco son la resignación ni sumirnos en la desesperación, sino una forma más realista y flexible de estar en el mundo: aceptar que somos vulnerables y que, aun así, podemos seguir viviendo, vinculándonos y tomando decisiones para construir una vida que consideramos valiosa. En ese sentido, no se trata de sentirnos seguros para actuar, sino de actuar incluso en presencia de la inseguridad porque sabemos que otras cosas (personales y relacionales) van a sostenernos.

 

Y si afrontar todo esto se hace demasiado difícil, pedir ayuda profesional también es una opción válida. No porque haya algo “mal” en ti, sino porque hay momentos en los que un acompañamiento es necesario para poder pensar de forma ordenada, regularnos y seguir adelante.

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